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¿Por qué el transporte es un problema y una solución para el medio ambiente?

En la COP26, en Glasgow, más de 30 países y 100 entidades se comprometieron a eliminar y no producir más coches de combustión para 2035, entre ellos varios de los principales fabricantes de automóviles.

Disminuir las emisiones podría mantener al planeta por debajo de los 1,5 grados centígrados pactados.

La ciudad del futuro no puede verse como la han vendido en Hollywood con carros voladores, puentes aéreos, transporte eléctrico pero privado y masivo y patinetas o bicicletas que surfean en el aire.

El transporte actual, en su mayoría movido a partir de combustibles fósiles, es el culpable del 15 % de todas las emisiones globales de carbono y es uno de los mayores contribuyentes, después del sector energético, la agricultura y el industrial, a que el mundo esté ad portas de alcanzar los catastróficos 1,5 grados centígrados de aumento de temperatura global desde la época preindustrial.

Así que la ciudad del futuro debe verse tal como un pueblo del pasado porque, de no ser así, no será viable ni sostenible y la única forma real y efectiva de crecer será decreciendo. Debe ser un pueblo cercano, pequeño, compacto, donde todo esté a la vuelta de la esquina y donde tener carro propio no signifique estatus.

Ahora bien, el transporte no es la causa sino una consecuencia de otros problemas estructurales de la sociedad, porque es como el sistema circulatorio de las ciudades que refleja el estado de salud de los demás sistemas y que evidencia las fragilidades y las fallas de todo el globo, como dice Juan Camilo Florentino Márquez, director de la Oficina de Movilidad Sostenible en Hill, empresa de consultoría ambiental.

En otras palabras, es una consecuencia de un problema mayor que, al final del día, puede convertirse en una de las soluciones más esperanzadoras contra el cambio climático. En la 26° Conferencia de las Partes, o COP26, lo saben, por lo que acordaron planes que prometen ser decisivos para el futuro de la humanidad (leer más abajo Para saber más).

Una persona vive en Bello y trabaja en Envigado. El trayecto más fácil para movilizarse sería este: un bus para llegar a la estación Niquía, un viaje en Metro de 17 estaciones de esquina a esquina del área metropolitana y una caminata, una vez en Envigado, de 15 minutos más hasta su oficina. En total, una hora y media en un solo trayecto. Irse en bicicleta le parecería difícil hasta a un buen ciclista, sobre todo porque representa un peligro al no haber ciclorrutas en todo el camino. Esa persona opta entonces por un carro o una moto, aún más económica, y se suma al porcentaje de quienes, en Colombia, emiten gases de efecto invernadero en el sector transporte, que representa en el Valle de Aburrá 43 % del total de emisiones.

¿La culpa es de la persona, del transporte o del sistema? Fácil sería decir que la culpable es la moto, movida con gasolina, pero la realidad es más complicada.

Lo primero que hay que tener en cuenta es que las ciudades están mal pensadas, al igual que las dinámicas dentro de ella. Son grandes, con todo lejos, y cada vez crecen más. Eso va en contravía de la sostenibilidad pues un individuo, para llegar al colegio, el trabajo o la tienda, debe recorrer grandes distancias y, por lo tanto, generar más emisiones.

El patrón de consumo tampoco obedece a prácticas amigables con el ambiente, pues la fruta que se come se cultivó en otro departamento, la ropa que tiene puesta en otro país y el carro que conduce en otro continente. Las cosas se mueven a través del mundo producto de la actividad económica y su estructura. ¿Para qué tomarse un agua de coco traída de Tailandia cuando en Colombia hay palmeras?

Usar bicicletas es riesgoso, las ciclorrutas no son suficientes y las distancias siguen siendo largas, sobre todo en topografías como la antioqueña, con montañas y calles empinadas. Además, no todos tienen la capacidad de manejar una y no hay compromiso del Gobierno para promover, educar y garantizar una movilidad activa segura.

Sumado a esto, sobre todo en países latinoamericanos, se conserva una creencia errónea de que el carro simboliza estatus social y poder económico y que, por el contrario, andar en bici o en transporte público es de pobres, como explica Carolina Alzate Gouzy, directora de LowCarbonCity.

No deja de ser problema

Está clara la fuerte influencia del transporte en el medio ambiente; lo ha estado por mucho tiempo, pero aún así, sigue hoy siendo de los principales emisores. Según Alzate, las políticas han ido más lento y en contravía de disminuir esas emisiones, el lobby es grande, fuerte, y no deja que se dejen de producir carros, buses y demás vehículos porque hay muchos intereses detrás: “Está además relacionado con la producción de petróleo, que en estos países latinoamericanos se está extrayendo mucho. Es una curva que cada vez está peor, sin movimientos comprometidos para cambiar y mejorar”.

Sí hay activistas, organizaciones privadas buscando alternativas y creando iniciativas y desarrollos que buscan avanzar en movilidad activa y sostenible, pero “hay contradicciones cuando se crean ciclovías pero no las suficientes, o no se les hace mantenimiento ni se les da el espacio que merecen”, continúa Alzate. Es decir, se está caminando con pasos de bebé.

Finalmente, está el transporte aéreo. A Glasgow llegaron jets privados y muchos aviones con todos los negociadores y observadores que asistieron a la COP26 y fue un hecho muy criticado. A una cumple climática llegaron, de una vez, contaminando. ¿Había alternativa?

Los viajes aéreos y los aeropuertos también contaminan, mucho. Según la Asociación Internacional de Transporte Aéreo, la aviación contribuye con alrededor de 2 % de las emisiones mundiales de carbono.

Para reducir o eliminar estas emisiones, las personas tendrían que dejar de volar y eso no pasará. Dice Alzate que es una decisión más bien personal y que cada quien debería elegir viajar solo cuando sea estrictamente necesario o buscar alternativas cero emisiones, por ejemplo en velero, pero imagínese ir en uno hasta España desde Cartagena. Una experiencia extrema. Los aeropuertos, por su parte, en lugar de decrecer están ensanchándose más y creando nuevas rutas.

Comenta Florentino que una alternativa que ya algunos están aplicando es disminuir o mejorar los sistemas de operaciones del aeropuerto, que tiene en su interior muchos carros para el transporte de alimentos, maletas, operarios, combustible… y optimizar operaciones y sistemas de navegación aérea como aterrizajes o despegues.

La ruta de la solución

Será imposible eliminar, en un corto plazo, los carros, motos y vehículos que ya hoy circulan con combustibles fósiles y contaminan. Lo ideal sería comenzar con eliminar los viajes y recorridos o reducirlos al máximo, tanto de personas como de mercancías.

Para esto, dice Florentino que es importante una mejor planeación, prioridad que debería estar en la cabeza de los gobernantes y la ciudadanía, pues “es la ciudad la que, al final del día, impacta los patrones de consumo energético”. Serán mejor las ciudades densas, compactas, de uso mixto, donde los productos y servicios estén a un radio de máximo 5 kilómetros para que haya posibilidad de caminar, usar bicicleta o transporte público de corto alcance.

Posteriormente, se debe promover el transporte activo no solo garantizando los medios y la seguridad, sino incentivando la transición: disminuyendo las vías destinadas a los vehículos privados, ampliando el espacio vial, cobrando por emisiones, entre otros.

El último eslabón debe ser el cambio tecnológico que, erróneamente, muchos gobiernos han visto como prioridad. La primera alternativa no debería ser la electrificación de los buses y los carros porque, al final del día, las baterías de litio y la producción de esa energía también contamina y no se sabe si, en unos años, será peor el problema que la solución. Es una contaminación que podría evitarse con ciudades más compactas. Trabajar en casa también ayuda.

Florentino explica que si se va a optar por vehículos eléctricos, una buena opción para esta transición es comenzar con la flota liviana, como las motos y los más pequeños, que no pierden energía útil cargando peso y que suele ser el sector que más rápido crece.

Finalmente, el papel de la ciudadanía es clave. Retomar el trabajo en casa, tomar decisiones conscientes para transportarse, evitar al máximo los viajes aéreos y cambiar el imaginario que hay sobre la movilidad activa y la pública y masiva. Se necesita volver al transporte a pie, en bicicleta, y a las ciudades pequeñas, cercanas.

Fuente: El Colombiano

Imagen: El Colombiano

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Sobre el autor

Paola Andrea Buitrago Torres

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